“A su edad, es normal” ¿Y si no lo es? Así es el edadismo invisible

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El término de Edadismo lo acuñó el gerontólogo Robert Butler en los años 60 para describir los prejuicios, estereotipos y conductas discriminatorias hacia personas por razón de su edad. Aunque puede afectar a cualquier grupo de edad, quienes lo sufren con más intensidad son las personas mayores. 

Hay formas de discriminación que se ven de lejos. Y hay otras que se cuelan en conversaciones cotidianas, en comentarios bien intencionados, o frases que no se cuestionan porque “siempre se ha dicho así”, pero esto carga con consecuencias.

Hablar de edadismo en la actualidad supone aceptar una lógica de obsolescencia programada aplicada a las personas, como si al alcanzar cierta edad dejaras de ser útil, debieras retirarte o desaparecer de los espacios que ocupar. Es una visión reduccionista que equipara la vida humana a la de un electrodoméstico diseñado para durar un tiempo limitado y luego ser reemplazado.

Cabe entonces una pregunta necesaria: ¿somos personas o lavadoras? Envejecer no es una enfermedad, sino un privilegio. Reconocerlo es el primer paso para construir una sociedad más justa, inclusiva y consciente de su propia humanidad.

Cómo actúa el edadismo en la sociedad

En ocasiones se hacen comentarios de forma intencionada para devaluar a la persona pero otras muchas están normalizadas, incluso expresiones que se usan con “buena intención” transmiten estereotipos, reducen a la persona a su edad, arrebatando individualidad, autonomía o autoridad. 

Según la Organización Mundial de la Salud, una de cada dos personas mantiene actitudes edadistas.

No es necesario ser mala persona, sino que vivimos en una cultura que ha asociado la vejez a la decadencia, la dependencia y la irrelevancia. Esa narrativa se acaba colando en el lenguaje, los medios, el mercado laboral y hasta la atención sanitaria..

El edadismo se manifiesta en tres niveles

  • Estereotipos: lo que pensamos sobre las personas mayores como grupo (“ya no aprenden”, “son lentos”, “están fuera de lugar”).
  • Prejuicios: lo que sentimos ante ellas, muchas veces sin ser conscientes de ello, un ejemplo son las relaciones a partir de los 65. “Cómo van a mantener relaciones sexuales, ya no están en edad”
  • Discriminación: cómo actuamos en consecuencia, desde ignorar su opinión hasta excluirlas de espacios laborales o sociales. “Seguro que no se entera.”

El edadismo es, en gran medida, eso: una discriminación tan integrada en el día a día que cuesta reconocerla como tal.

Uno de los efectos más dañinos del edadismo en la sociedad es que homogeneiza. Trata a todas las personas mayores como si fueran un bloque uniforme, como si la edad borrara sus historias, capacidades, deseos e identidad de cada una.

La vejez no es una categoría homogénea. Es otra etapa de la vida tan diversa como cualquier otra.

Las consecuencias son más graves de lo que parecen

Hablar de edadismo no es solo cuestión de tener sensibilidad o utilizar un lenguaje correcto. Las investigaciones muestran que sus efectos tienen un impacto directo y medible en la salud y en la calidad de vida de las personas que lo sufren.

“Las personas que viven en entornos edadistas tienden a tener menor esperanza de vida, peor salud física y mental, una recuperación más lenta de enfermedades y mayor deterioro cognitivo.”

Y no, no es una metáfora, está demostrado que el trato que recibe una persona influye en:

  • Un mayor aislamiento social
  • Mayor riesgo de sufrir violencia y abusos
  • Menor bienestar y calidad de vida
  • Incremento de la pobreza e inseguridad económica

En el trabajo

Quienes aún no se han jubilado se encuentran con un mercado que los descarta antes de valorarlos, bajo las suposiciones por su edad como: “ya no van a rendir igual”. 

En muchas ocasiones también se enfrentan a comentarios como: “¿Todavía trabajas?” / “Ya te toca descansar”.

Afecta principalmente a mayores de entre 45 y 50 años, quienes sufren los prejuicios de no poder adaptarse a las tecnologías o ser excluidos de los procesos de selección por su edad. En la teoría, en el BOE se registra la prohibición de esta forma de discriminación pero a la práctica la realidad es muy diferente.

En la sanidad

Hay una tendencia, documentada y preocupante de atribuir síntomas a “la edad” en lugar de investigarlos. Un “es normal a su edad” puede estar ocultando un diagnóstico que merece atención.

Limitar el acceso a tratamientos y pruebas para diagnósticos es un fenómeno que afecta al 82% de las personas mayores.

Este dato es preocupante al igual que sus consecuencias:

  • Ralentizar la recuperación
  • Reducir la esperanza de vida entorno a 7,5 años
  • Menor acceso a recursos necesarios (ventilación mecánica, diálisis, rehabilitación, etc.)
  • Sobreprotección y desempoderamiento: no tener en cuenta las preferencias del paciente o su autonomía para decidir.

En lo cotidiano

 Los comentarios y actitudes del entorno acaban calando. Frases como:No merece la pena enseñárselo, no lo va a entender”, “Con esa edad ya no va a cambiar”.

Los estereotipos, cuando se repiten, pueden convertirse en profecías que se cumplen.

Hacer sentir a alguien torpe, dependiente o incapaz tiene el riesgo de que esa persona acabe interiorizando esos límites.

Ya hemos visto que se puede sufrir dentro y fuera de una empresa, en el médico y sólo hay que poner un poco la vista para darse cuenta de que ocurre en muchos más ámbitos y lugares, pero como se dice: “Muchos pocos hacen un mucho”. 

Las tres formas más habituales de edadismo

A pesar de haber múltiples situaciones y connotaciones, estas son las formas más habituales de edadismo:

Infantilización

Consiste en tratar a una persona mayor como si fuera un niño.

  • No siempre se hace con palabras. A veces se expresa en el tono de voz.
  • Hablando de ellos en tercera persona delante suyo.
  • Tomando decisiones sin consultarles. 
  • Utilizando diminutivos y términos afectuosos que, en realidad, le restan autoridad.

Lo que hace especialmente difícil de detectar la infantilización es que muchas veces se hace con buena intención. Pero la intención no neutraliza el efecto: tratar a una persona adulta como si no pudiera gestionar su propia vida es una forma de quitarle dignidad, aunque se haga con cariño.

Despersonalización

Es el mecanismo por el que la persona deja de ser vista como individuo para convertirse en “un mayor”, “una anciana”, “el abuelo”.

Se pierde el nombre, la historia, la personalidad. Se reduce a la persona a una categoría, y esa categoría carga con todos los estereotipos asociados.

  • Ocurre mucho en entornos sanitarios y de cuidado: cuando se habla del paciente sin dirigirse a él.
  • Cuando se asumen sus preferencias sin preguntarle.
  • Cuando se da por hecho lo que puede o no puede hacer.

Deshumanización

Es la forma más extrema. Implica negar, de manera implícita o explícita, la plena humanidad de la persona: su capacidad de sentir, desear, opinar o decidir.

  • Se expresa en frases como “ya qué más da a su edad”.
  • Ignorar su presencia en una conversación.
  • Asumir que sus necesidades emocionales y relacionales han desaparecido.

El auto-edadismo: cuando el prejuicio viene de dentro

Hay una percepción del edadismo que se habla menos y merece atención: el auto-edadismo. Es el proceso por el que una persona mayor interioriza los estereotipos negativos sobre la vejez y los aplica a sí misma.

Se manifiesta en frases como “para mi no está hecho eso”, “soy demasiado mayor para aprender esto”, “a mi edad ya no tiene sentido”. Como resultado de décadas de mensajes sociales que asocian el envejecimiento con la limitación, la incompetencia y la irrelevancia.

Es especialmente silencioso y dañino porque opera desde dentro. No necesita que nadie diga nada: la persona ya ha asumido esos límites como propios.

Y eso tiene consecuencias reales:

  • Reduce la participación social
  • Frena el aprendizaje
  • Deteriora la autoestima 
  • Puede acelerar el aislamiento.

Reconocerlo es el primer paso para cuestionarlo. Porque muchas de esas limitaciones que se perciben como inevitables son, en realidad, construcciones culturales que se pueden desmontar.

Edadismo y género: una doble discriminación

Si el edadismo ya es una forma de discriminación con consecuencias documentadas, cuando se cruza con el sexismo, los efectos se multiplican. Las mujeres mayores no sufren solo uno de los dos: los viven de forma simultánea y acumulada.

Por qué afecta especialmente a las mujeres

Durante décadas, el valor social de las mujeres ha estado ligado a: la juventud, la belleza, la maternidad y el rol de esposa. Cuando envejecen, pierden ese “valor” según los criterios que la sociedad les ha impuesto.

Los hombres mayores, en cambio, tienden a mantener autoridad, prestigio y visibilidad social con la edad. La asimetría es evidente.

Esta desigualdad no aparece de repente en la vejez: es la acumulación de todo lo que se ha vivido antes. Las brechas salariales, la dedicación al trabajo no remunerado, las interrupciones en la carrera profesional, la menor pensión… todo eso llega a la vejez amplificado.

Invisibilidad en los medios y la cultura

Las mujeres mayores están sistemáticamente infrarrepresentadas en el cine, la publicidad y la cultura. Y cuando aparecen, suele ser desde un único ángulo: el de la abuela, la cuidadora, el personaje secundario que existe en función de otros.

Los estereotipos más comunes las presentan como:

  • torpes con la tecnología
  • frágiles
  • sin proyectos propios
  • asexuadas.

En el extremo opuesto, cuando se las representa de forma negativa, aparecen como:

  • brujas
  • gruñonas o amargas

Poco espacio queda para la complejidad real de una mujer mayor con historia, deseos y criterio propio.

Hay voces que están empujando en sentido contrario. La actriz Demi Moore de 66 años es una de las más visibles: su papel en La Sustancia y su posicionamiento público frente a la industria del cine han puesto sobre la mesa lo que muchas mujeres llevan años denunciando: que “Hollywood, y la cultura popular en general, hace invisibles a las mujeres a partir de cierta edad”.

Peor atención sanitaria

Las mujeres mayores también enfrentan una desigualdad específica en el acceso a la salud.

Durante años, buena parte de la investigación médica se ha basado en cuerpos masculinos como referencia, lo que ha provocado que síntomas propios de las mujeres se ignoren o atribuyan directamente a la edad.

“es normal a su edad” es una frase que cierra puertas y oculta diagnósticos.

A esto se suma la invisibilidad de su sexualidad en los programas de salud y la escasa atención a sus necesidades específicas en las políticas públicas.

Hoy, aunque la situación ha mejorado, solo el 7 % de los recursos destinados a investigación se dirige a problemas de salud que las afectan en exclusiva o con mayor prevalencia, como la endometriosis o la migraña.

En España, los estudios señalan que todavía son muy pocos los programas que combinan el enfoque de género y el enfoque de edad de forma simultánea.

Pero no debemos verlo solo como una forma de mejorar la salud de las mujeres, sino la de todo el mundo.

Mayor soledad y aislamiento

El 72% de las personas mayores que viven solas en España son mujeres. Detrás de ese dato hay varias causas que se acumulan:

  • mayor esperanza de vida
  • menor probabilidad de tener una segunda pareja
  • menores recursos económicos
  • muchas veces, una red social que se ha ido reduciendo con los años.

La soledad no es solo un problema emocional. Es un factor de riesgo para la salud física y mental, y el edadismo lo agrava al hacer que estas mujeres sean aún menos visibles para la sociedad.

Frases ‘típicas’ cargadas de edadismo

  • “Con esa edad ya no va a cambiar”: está mal porque cambiar puede ser complicado a cualquier edad. 
  • “Perro viejo no aprende trucos nuevos”: es incorrecto, no hay una edad para dejar de aprender. 
  • “¡Qué activo/a eres para los años que tienes!”: se debería decir “me alegra verte con tanta energía”.
  • “70 años tiene la criatura”: está mal infantilizar a la vez que mencionar la edad a modo insultante.
  • “Vamos a tomar la medicación”: utilizar el plural a la acción que realiza la persona mayor infantiliza y reduce su autonomía, en su lugar “cuando quieras, puedes tomarte la medicación”.
  • “Dinosaurio” o “Es más viejo que el sol”: es una expresión irrespetuosa para referirse a una persona que tiene muchos años. Envejecer es natural, debe ser digno y con mérito.

El lenguaje no es neutro

Una de las ideas que atraviesa cualquier análisis honesto del edadismo es esta: las palabras importan.

No porque haya que caer en una corrección política vacía, sino porque el lenguaje refleja cómo pensamos y, al mismo tiempo, moldea cómo actuamos.

Cuando repetimos “los mayores son así”, “pobrecito”, “ya no puede”, estamos convirtiendo prejuicios en formas normales de relación. Y cuando esas formas se normalizan, dejan de cuestionarse.

Detectar el edadismo en el propio lenguaje no es fácil, precisamente porque muchas de esas expresiones se usan desde el afecto. Pero reconocerlo es el primer paso para cambiarlo.

No se trata de hablar de forma artificial, sino de hacerlo con más conciencia:

  • preguntando en lugar de asumir
  • nombrando a la persona antes que a su edad
  • reconociendo su autonomía antes que su fragilidad.

En Aiudo trabajamos cada día con personas mayores y sus familias. Sabemos que el buen trato empieza por cómo nos relacionamos, cómo escuchamos y cómo hablamos. Porque cuidar bien también es eso.

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