Meriendas de los abuelos: lo que comíamos de pequeños en cada rincón de España

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Había algo en la cocina de los abuelos que no tenía nombre. Un olor que llegaba antes que cualquier otra cosa, una certeza de que algo bueno estaba a punto de pasar. No era sofisticado. Era pan, era chocolate, era aceite. Era una mano partiendo algo en dos y dándote la mitad.

Antes de que los supermercados llenaran las estanterías de bollería industrial, la merienda era un asunto casero y regional. Lo que merendabas dependía de dónde vivías, de lo que había en la despensa y de quién estaba en la cocina. Y en la mayoría de los casos, ese quién era un abuelo o una abuela.

Este recorrido por las meriendas y recetas tradicionales de España no es solo gastronómico. Es también un viaje a otra forma de entender el tiempo de la tarde, el hambre de los niños y el cuidado cotidiano que nos han dado nuestros abuelos. 

Abuela cocinando

El pan con chocolate: la merienda de toda España

Si hay una merienda que cruza fronteras autonómicas, dialectos y tradiciones familiares, es esta.

Un trozo de barra de pan y unas cuantas onzas de chocolate. Sin más.

La razón de su universalidad es sencilla: era barato, llenaba y no requería preparación. El chocolate con leche en tableta de toda la vida, el que se partía con los dedos, combinaba con cualquier tipo de pan, desde la barra más crujiente hasta el pan de pueblo más denso.

Cómo se hace: Partir una rebanada o un trozo de barra u hogaza de pan de pueblo. Colocar encima o por dentro unas onzas de chocolate con leche. Si el pan estaba templado o recién hecho, el chocolate se ablandaba. Pero también se comía tal cual.  Así de simple.

Bocadillo de pan con tableta de chocolate en el interior

El sur: aceite, azúcar y el arte de la sencillez

En Andalucía y Extremadura, la merienda de los abuelos tenía mucho que ver con lo que siempre ha habido en abundancia: aceite de oliva y pan.

Pan con aceite y azúcar era la merienda más común en las tardes de verano. No de cualquier aceite: de uno bueno, de cosecha propia si se podía, vertido generosamente sobre una rebanada gruesa y espolvoreado con azúcar blanco por encima. El resultado era una combinación que hoy sonaría a receta de autor, pero que entonces era simplemente lo que había y lo que gustaba.

Cómo se hace: Cortar una rebanada de pan de pueblo. Verter un buen chorro de aceite de oliva virgen extra por encima, dejando que empape bien. Espolvorear azúcar al gusto. Comer enseguida, antes de que el pan se ablande demasiado.

Bodegón de una rebanada de pan con aceite de oliva virgen extra sobre un plato blanco, junto a botellas y recipientes llenos de aceite, sobre una mesa rústica de madera. merienda tradicional de la cocina mediterránea.
Con el tiempo esta receta evolucionó a otra variante que se popularizó como merienda de muchos pueblos de España, no sólo Andalucía. Misma base: pan y aceite pero sustituyendo el azúcar blanco por Cola Cao espolvoreado.

En algunas zonas de Andalucía también era habitual el mollete con manteca colorá, una mezcla de manteca de cerdo con pimentón que se untaba sobre el pan blando y esponjoso típico de Antequera. Una merienda contundente, de las que preparaban para una tarde larga.

plato de barro con un mollete a la mitad con manteca y queso junto a una jarra de barro con bebida sobre la mesa

En Extremadura se repetía el esquema del aceite y el azúcar, pero también aparecían las perrunillas, unas galletas caseras con harina, manteca, huevo y anís que muchas abuelas hacían en grandes cantidades y guardaban en latas de metal (esas que ha día de hoy aguardan la sorpresa de ser costureros o contener galletas de verdad) Duraban días y mejoraban con el tiempo.

multitud de perrunillas, galletas con una almendra en el centro.

Del mediterráneo a las islas

Preparaciones sencillas en apariencia, pero cargadas de historia, de horno lento y de recetas transmitidas sin papel, de memoria en memoria.

Valencia: la horchata con fartons

En la Comunidad Valenciana, la merienda de verano por excelencia era y sigue siendo la horchata con fartons.

La horchata de chufa, elaborada de forma artesanal en l’Horta de Valencia, era el acompañamiento perfecto para esos bizcochos alargados y glaseados que se mojaban hasta que absorbían el líquido y casi se deshacían.

fartons y vaso de cristal con horchara

Para muchos valencianos, esta merienda está tan ligada a la infancia que resulta imposible disociarla de ciertos veranos, ciertos patios y ciertas tardes.

También era frecuente la coca de llanda, un bizcocho sencillo y aromático que se horneaba en un molde rectangular de hojalata, de ahí el nombre, y que olía a canela y limón desde el horno.

Receta básica de coca de llanda

🥚🥚🥚 3 huevos
🍚 200 g de azúcar
🌻 200 ml de aceite de girasol
🥛 200 ml de leche
🌾 300 g de harina
🧁 1 sobre de levadura
🍋 Ralladura de 1 limón
✨ Azúcar y canela (para espolvorear)

  • Mezcla los huevos con el azúcar hasta que esponjen.
  • Añade el aceite de girasol, la ralladura de un limón y la leche.
  • Incorpora la harina tamizada con la levadura.
  • Vierte en un molde rectangular engrasado, espolvorea con azúcar y canela por encima, y hornea a 180 °C unos 35 minutos.

El resultado es un bizcocho húmedo, fragante y muy fácil de hacer.

coca de llanda cortada sobre una badeja blanca y en el lateral izquierdo dos cafés

Baleares: la ensaimada y su historia de siglos

La ensaimada mallorquina tiene una historia más larga de lo que muchos imaginan. Su nombre viene del término saïm, que en mallorquín significa manteca de cerdo, el ingrediente que le da su textura característica: esa masa enrollada en espiral, ligera por fuera y tierna por dentro.

Su origen se remonta al siglo XVII, y durante generaciones fue un dulce de ocasión especial, de domingo, de visita. Con el tiempo se convirtió en parte del desayuno y la merienda cotidiana de las familias baleares, y los abuelos la traían de la pastisseria de siempre, envuelta en esas cajas redondas de cartón que todavía hoy se preservan.

No es una receta para hacer en casa sin experiencia ya que la masa requiere tiempo, técnica y mimo, pero su presencia en la merienda de generaciones de niños de sas illes la convierte en uno de los símbolos más claros de lo que significa merendar con los abuelos: algo especial, traído con cariño, compartido en la mesa.

Ensaimada en una mesa de madera junto a un par de cuchillos y sobrasada.

Canarias: gofio con leche y plátano con miel de palma

En las Islas Canarias, el gofio, harina tostada de cereales, herencia de los guanches era un alimento fundamental. Mezclado con leche formaba una especie de papilla densa y nutritiva que los abuelos preparaban como merienda para los más pequeños. Tenía la virtud de llenar mucho y de aprovechar lo que había.

También era frecuente el plátano canario con miel de palma, una combinación tan sencilla como extraordinaria: el dulzor intenso y caramelizado de la miel de palma sobre la suavidad del plátano de Canarias convertía algo humilde en un bocado memorable.

Gofio triturado en polvo sobre recipiente de barro

El norte que merendaba con contundencia

El norte merendaba sin prisas, pero con carácter. En las casas del Cantábrico y del interior, la tarde pedía algo más que un bocado ligero: necesitaba productos que reconfortaran, que calentaran el cuerpo y que supieran a hogar.

Cantabria: la quesada pasiega

El valle del Pas, en Cantabria, dio nombre a dos de los dulces más queridos del norte de España: los sobaos pasiegos y la quesada pasiega. Esta última elaborada con leche de vaca, cuajada, huevos, azúcar, mantequilla y un toque de limón, era la merienda de los domingos en muchas casas cántabras.

Su textura es densa pero suave, con ese fondo lácteo que la diferencia de cualquier tarta. La hacían las abuelas en moldes de barro, y salía temblorosa y dorada del horno. No necesitaba más acompañamiento que un vaso de leche.

Por qué era merienda de abuelos: la quesada requería tiempo y buenos ingredientes locales. Era el tipo de elaboración que solo tenía sentido en una cocina con paciencia, con leche fresca y con alguien que supiera cuándo estaba lista sin consultar ninguna receta.

quesada pasiega sobre plato blanco

País Vasco y Navarra: chocolate, cuajada y txantxigorri

En el País Vasco, el pan con chocolate era igual de universal que en el resto de España, pero también había espacio para el goxua, un postre por capas con nata, bizcocho y crema pastelera que en algunas casas se preparaba como merienda de celebración.

En Navarra, las tortas de txantxigorri , elaboradas con los restos de manteca de cerdo tras las matanzas. Ambas eran una merienda de temporada, ligada a la tradición del cerdo familiar y a los meses de invierno. Crujientes, con sabor intenso y carácter, eran un bocado muy distinto a cualquier cosa que hoy llamaríamos merienda.

La cuajada con miel completaba las tardes de muchos niños navarros y vascos: un cuenco de cuajada de leche de oveja, densa y ácida, que con un hilo de miel se convertía en algo completamente distinto.

Cuajada de miél en vaso de barro, en el salvamanteles a modo de decoración nueces, cuchara de madera, canela y cesta de mimbre

Asturias: frixuelos y arroz con leche

Asturias tiene una relación casi sentimental con su gastronomía dulce. Los frixuelos, crepes finos, algo más gruesos que los gallegos, cocinados con leche, harina y huevo, se servían enrollados y espolvoreados con azúcar. Eran merienda de carnaval, pero también de cualquier tarde en que la abuela decidía ponerse delante de la sartén.

Receta frixuelos

🌾 200 g de harina de trigo
🥚🥚🥚🥚 4 huevos (tamaño M)
🍚 2 cucharadas soperas de azúcar
🥛 500 ml de leche
🌻 15 ml de aceite de girasol
🥃 1 cucharada de licor de anís o coñac
✨ Azúcar para espolvorear (al gusto)
🧂 Una pizca de sal

  • Batir ligeramente los huevos y añadir el azúcar, mezclando hasta eliminar los grumos.
  •  Incorporar el anís o coñac, la leche y una pizca de sal; batir hasta integrar.
  • Agregar la harina poco a poco, removiendo con varillas hasta obtener una masa fina y sin grumos.
  • Dejar reposar la masa en la nevera o en un lugar fresco durante al menos 30 minutos.
  • Engrasar ligeramente una sartén antiadherente con unas gotas de aceite, extendiéndolo sin que se note.
  • Verter un cucharón de masa y girar la sartén para formar una capa fina y uniforme.
  • Cocinar cada frixuelo a fuego medio durante 1–2 minutos por cada lado.
  • Retirar cuando estén dorados y con los bordes ligeramente crujientes.

bodegón de frixuelos en una tabla junto a los igredietes: harina en boles de madera y cerámica, huevos, jarra de leche y azúcar

Y luego estaba el arroz con leche, que en Asturias no es un postre: es casi una institución. Cremoso, con canela por encima quemada o simplemente espolvoreada, era la merienda reconfortante por excelencia en los días grises del norte.

Cuenco de arroz con leche con canela espolvoreada por encima.

La meseta y sus meriendas de despensa

En Castilla y León, Castilla-La Mancha, Aragón y La Rioja, las meriendas tenían algo en común: nacían de lo que había. De la harina, los huevos, el aceite y el azúcar que no faltaban en ninguna despensa de pueblo.

Las rosquillas caseras eran frecuentes en toda la meseta. Cada abuela tenía su versión: con anís, con limón, fritas o al horno, glaseadas o simplemente con azúcar. Se hacían en cantidad sobre todo son meriendas típicas del otoño y duraban varios días en un recipiente de loza.

multitud de rosquillas típicas de la gastronomía española con azúcar.

En Castilla-La Mancha, los bizcochos borrachos de Guadalajara eran un clásico de merienda en su versión sin licor para los más pequeños: esponjosos, empapados en almíbar, con una textura que no se parece a ningún otro bizcocho.

En Aragón, el pan con chocolate era igual de habitual, pero también había tortas de alma, unas pastas rellenas de cabello de ángel típicas de algunas zonas de la provincia de Teruel, que los abuelos aragoneses guardaban como tesoro.

En La Rioja, el mazapán riojano, distinto al toledano, más seco y con formas propias, aparecía en las meriendas de días señalados, aunque no era raro encontrarlo en la mesa de cualquier tarde de otoño.

Tres mazapanes típicos de la Rioja

Murcia: paparajote, hoja que no se come y azúcar que deja huella

En Murcia, la merienda tenía algo de truco y de sorpresa. El paparajote no era exactamente lo que parecía. A simple vista, era una hoja de limonero rebozada, dorada y espolvoreada con azúcar. Pero la magia estaba en que la hoja no se comía: se usaba solo como aromático.

Era una merienda ligada a la huerta, al olor a azahar y a los limoneros que crecen casi en cualquier patio murciano. Una receta humilde, de aprovechamiento, que convertía algo tan cotidiano como una hoja en un bocado festivo.

Sartén de hierro friendo postre típico de la región de Murcia, paparajotes

Receta paparajotes murcianos

🥚 1 huevo L
🥛 250 ml de leche
🍋 Ralladura de ½ limón pequeño
🧁 8 g de levadura química (½ sobre)
🌾 225 g de harina de trigo (aprox.)
🫒 Aceite de orujo de oliva o girasol (para freír)
🍃 30 hojas de limonero (aprox.)
🍚 150 g de azúcar
🌿 10 g de canela molida

  • Mezclar el huevo con la leche y la ralladura de limón.
  • Añadir la harina junto con la levadura y batir hasta obtener una masa fina y sin grumos.
  • Lavar y secar bien las hojas de limonero.
  • Calentar el aceite en una sartén.
  • Pasar cada hoja por la masa y freír hasta que estén doradas por ambos lados.
  • Escurrir sobre papel absorbente.
  • Espolvorear con azúcar y canela al gusto.
  • Servir caliente. Se disfrutan solo del rebozado aromático, dejando la hoja de limonero a un lado.

Aunque también os dejamos otra receta:

@mar_yyomismaymiscosas 😀➡️ PAPAJOTES la merienda de las abuelas #recetas #recipes #papajotes #food ♬ sonido original – Maria Del Mar Alonso

Galicia y Cataluña: masa, chocolate y tradición

Galicia y Cataluña compartían una misma idea de merienda, aunque con acentos distintos: la de lo sencillo convertido en ritual.

Galicia: bica y filloas

En Galicia, la bica era una de esas elaboraciones que las abuelas hacían sin receta escrita, a ojo, con la harina de siempre y el molde de siempre. Un bizcocho esponjoso, a veces con manteca, que se cortaba en cuadrados y que mejoraba al día siguiente. La llevaban envuelta en papel cuando iban a visitar a alguien; era el regalo comestible por excelencia.

Cabe mencionar que las meriendas de nuestros abuelos no eran un “momento dulce estructurado” como hoy. Era más bien una comida ligera improvisada, basada en pan, leche y lo que hubiera disponible en casa o en el campo. Muchas de las recetas dulces se reservaban para domingos, fiestas u ocasiones especiales.

Esas “recetas” sencillas como un poco de queso local, también pasaron a nietos e hicieron de algo tan sencillo un recuerdo y merienda nada envidiables.

Queso gallego sobre plato de barro en cocina de piedra rural.

Cataluña: pa amb xocolata y melindros

En Cataluña los melindros, bizcochos alargados y esponjosos, similares a los soletilla, eran el acompañamiento natural de la taza de chocolate caliente en las meriendas más pausadas, las de los domingos con los abuelos. Se mojaban despacio, con cuidado de que no se rompieran antes de llegar a la boca.

Y el famoso pa amb xocolata, lo que ha día de hoy podría estar en cualquier restaurante de estrella por su combinación sencilla pero original. Sin embargo se trata de una receta sin complicaciones. Era la merienda de salir del colegio, la de los patios, la de las tardes largas de verano.

Pan de payés, bueno y con corteza, partido en rebanadas y cubierto con chocolate. 

Chocolate con aceite de oliva y sal

Por qué estas meriendas importan hoy

Hay algo que todas estas meriendas tienen en común, más allá de los ingredientes o las regiones: había alguien que las preparaba.

Alguien que sabía a qué hora llegabas, que tenía lista la leche o había encendido el horno un rato antes. Que partía el pan sin que hiciera falta pedírselo.

Ese alguien, en la mayoría de los casos, era un abuelo o una abuela. Y lo que hacían no era solo dar de merendar: era estar, cuidar, transmitir. Una receta sin nombre, pasada de manos a manos, es también una forma de decir que alguien estuvo ahí.

En Aiudo trabajamos cada día para que las personas mayores puedan seguir en su entorno, en su cocina, en su vida. Para que ese vínculo entre generaciones no se pierda. Porque el cuidado, como aquellas meriendas, también se hace con lo que hay, con paciencia y con presencia.

Abuela abrazando a su nieta en la cocina

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