Cómo mejorar la calidad de vida de los enfermos mayores

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Lorenzo Gómez

Por: Lorenzo Gómez

Periodista, redactor experto en gerontología

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Hoy se celebra la Jornada Mundial del Enfermo, un día en el que destacamos el valor de las personas enfermas. Valor en dos sentidos: coraje y elevada estimación. Junto con ello, subrayamos la importancia de sus cuidados, pues son un factor decisivo en el desarrollo de la enfermedad.

Por ello, en el día de la Jornada Mundial del Enfermo, queremos transmitiros.

6 consejos para afrontar y sobrellevar una enfermedad

No estigmatizar

En muchas ocasiones, las personas enfermas se sienten juzgadas y recluidas en un mismo grupo: el de los enfermos.

Sin embargo, cada enfermedad es diferente y cada persona experimenta sus efectos de una manera distinta a otra. Hay que ver más allá de la enfermedad, hay que ver a la persona detrás del enfermo.

Tenemos que observar la nueva realidad como una situación más de la persona que la padece. No podemos verla como aquello que ahora le define.

La estigmatización se produce más todavía en el caso de las personas mayores. A la enfermedad se le añade la condición de persona mayor. Ello hace que sus acciones sean más cuestionadas que las del resto. Pues, se parte del prejuicio de que ya no reúnen todas las capacidades necesarias.

Transmitirles que atendemos y valoramos su opinión, es la mejor manera de demostrarles que son tan válidos como el resto.

Cuidados físicos, pero también psicológicos.

Cuando la enfermedad llega, sea de forma progresiva o repentina, el entorno y la rutina cambian.

Deberemos acondicionar la casa, asistir con frecuencia a visitas médicas y seguir las pautas de medicación y cuidados. Pero, además de los cuidados físicos, otros se hacen vitales: los psicológicos.

Dos actitudes son claves: positividad y empatía. Hablar y actuar desde el optimismo y la compresión mejorará la realidad de la persona enferma.

Está demostrado que el estado emocional influye enormemente en el desarrollo de la enfermedad. Mantener un buen estado anímico puede frenar el avance de la enfermedad o el rápido deterioro de quien la padece. Ayudémosle a conseguirlo.

Empoderar

Con el avance de la enfermedad, les restamos capacidades que provocan que la persona enferma se sienta todavía más dependiente.

Si potenciamos sus virtudes, enfocándonos en las muchas facultades que mantiene intactas, mejoraríamos su día a día.

Una buena forma de empoderar a la persona enferma es asignándole tareas y responsabilidades. Si no puede seguir ocupándose de las labores que hacía, podemos encomendarle unas nuevas por las que se sienta realizado. Esto le hará tener motivación para afrontar un nuevo día.

Personalización de la atención

No solo cada enfermedad necesita un tratamiento y unos cuidados específicos, sino cada persona. Los cuidadores profesionales son expertos en los cuidados tanto por su formación como por su experiencia. Pero, han de ser también conscientes de que cada persona responde a la enfermedad de una forma muy distinta. Este es uno de los aspectos que en Aiudo más tenemos en cuenta: la personalización de la atención. Por ello, nuestra primera labor es conocer a la familia y a sus necesidades y, en base a esto, seleccionamos al cuidador idóneo.

Gracias a esta técnica de selección, encontramos un cuidador que sea capaz de atender la enfermedad en todas sus aristas.

Cuidar a quien cuida

El desgaste emocional y físico del cuidador es muy elevado. A la preocupación por la persona atendida, se suma la dificultad de su labor.

Nadie puede prestar unos cuidados de calidad si él mismo no está bien cuidado. Es importante que quien cuida disponga de descansos y de una estabilidad que le proporcionen toda la fuerza que requiere.

Acompañar

En este consejo se concentran todos los anteriores. Toda persona mayor necesita la compañía de alguien que le demuestre que está presente y a su lado. Si está enferma, esto se hace todavía más necesario.

Poder compartir sus miedos y cómo la enfermedad está cambiando su realidad es una medicina tan necesaria como las recetadas. Y es que, hay una certeza tan dura como comprobada: la peor enfermedad es la soledad.

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