Ancianos, el último hilo que sostiene a la agricultura

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Todos guardamos en la memoria algún atardecer de verano entre viñas, olivos o trigales. El olor característico de la tierra, o la naturalidad de un vecino con muchos años como agricultor a sus espaldas regalándonos una sandía, patatas o unos puñados de tomates recién cogidos de la mata profundamente orgullosos de su esfuerzo de meses. 

Porque quizá los agricultores nacieron con vocación de serlo o la descubrieron a posteriori pero todos comparten una esencia que trasciende generaciones: generosidad, dedicación, persistencia, paciencia, organización, habilidad y mucho trabajo. 

La agricultura no es solo un recuerdo o gesto: ha sido uno de los pilares que sostuvieron a España durante décadas.

Sin embargo, hoy preguntamos por qué ha perdido fuerza entre las nuevas generaciones, por qué tantos campos quedan en manos de quienes ya peinan canas y por qué el relevo parece cada vez más difícil.

Manuel Sepúlveda, joven agricultor de nuevas generaciones en Campo de Criptana y sucesor de una familia de agricultores, nos confirma que “los mayores de 65 años son quienes sostienen el campo por la falta de relevo generacional” y que no ha aumentado en los últimos años dada las circunstancias que vive hoy en día una agricultura que deja la supervivencia del campo español sobre unas manos y espaldas cansadas a las que se le piden más de lo que ya pueden dar.

Solo el 9% de los agricultores en España tienen menos de 40 años y en Europa sólo forman un 12%

Este relevo es insuficiente, el campo nos está enviando un mensaje claro: se está transformando… y también se está vaciando.

La amenaza de un sector del cual dos de cada tres titulares de exportaciones estarán en edad de jubilación en el año 2030. Lo que supondría la pérdida de más de 200.000 autónomos en el sector. Un gran impacto a la economía. 

Persona mayor cuidando de sus viñas

¿Por qué el campo se ha vuelto un sector envejecido?

Los datos nos revelan un envejecimiento considerable en el sector por la suma de factores estructurales, sociales y económicos que han traído con los años con sus beneficios pero también muchas dificultades.

Entre ellos la llegada de la maquinaria hizo que no fuera preciso contratar tanto personal lo que forzó la salida de muchos trabajadores del campo a las ciudades. Coincidiendo con un éxodo rural masivo, especialmente entre la juventud, que veía en la industria y los servicios de las ciudades oportunidades más estables y mejor pagadas.

A esto se suma que la rentabilidad de las explotaciones agrícolas es cada vez más baja, con precios que no cubren costes y un mercado incierto que hace muy difícil planificar un futuro.

Las dificultades administrativas, como nos cuenta Manuel, “los temas burocráticos que mover cada vez son más, un agricultor a una edad ya mayor debe depender de gestorías lo que suma otro gasto y los jóvenes perdemos nuestro tiempo, el cuál se debería emplear en las explotaciones”.

El sistema exige trámites continuos y complejos, y eso desalienta justo a quienes deberían estar empezando o quienes han empezado. Sumado a la la falta de ayudas directas de los gobiernos y la Unión Europea hace que no sea algo atractivo para los jóvenes.

Podemos verlo además en periodos : 1900 a 1950 la agricultura era el corazón económico y social del país: más del 20–40% de la población de muchas regiones vivía de ella. Ahora llegando a  2026 aproximadamente es el 3,5% viven de la agricultura, siendo el 41,3% de los titulares de más de 65 años y el 40% de los jefes más de 60 años.

Primer plano de cintura al suelo en el que un hombre de la tercera edad campechano está sentado en una silla mirando sus tierras

Los mayores como pilar invisible

Son guardianes de tradiciones agrícolas, conocedores íntimos del territorio, expertos en cultivos y en el cuidado paciente de unas tierras que han moldeado durante décadas.

Vieron cómo el trabajo de toda una vida cambiaba de la noche a la mañana, tuvieron que aprender nuevas normas, nuevas técnicas y un nuevo lenguaje administrativo, aceptaron que sus hijos ya no querían seguir en el campo.

Muchos de ellos son hoy los últimos agricultores activos en zonas rurales profundas, lo que trae como consecuencia también la despoblación rural de esta. 

Aun así, los mayores siguen. Manuel nos explica por qué, pese a los costes, la burocracia o el acceso difícil a la tierra, continúan al frente de sus explotaciones:
“Siguen porque la jubilación de un autónomo agrario es muy baja; y también por la parte sentimental: el riesgo de dejar unas tierras, unos cultivos, todo el sacrificio de tu vida… más aún cuando el relevo de padres a hijos es tan problemático”.

En sus palabras aparece la otra cara del campo: la emocional, la que une a una persona con la tierra que ha trabajado desde joven.

“La tierra forma parte de su vida, y dejarla atrás implicaría renunciar a todo un legado”.

persona mayor cuidando del campo con un amanecer de fondo

Consecuencias de la falta de relevo generacional

La ausencia de jóvenes en el campo no es solo un dato demográfico: es una herida silenciosa que ya deja marcas profundas en el territorio. el futuro de las explotaciones familiares queda en pausa, atrapado en un presente que depende de manos cada vez más cansadas.

Una de las primeras consecuencias es el abandono progresivo de tierras. Cuando un agricultor mayor ya no puede seguir y no hay nadie dispuesto o capaz de continuar, las parcelas quedan sin cultivar, se deterioran y, con ellas, se pierde producción, paisaje y biodiversidad. Es un proceso lento pero constante, que transforma pueblos enteros.

Por otro lado, como señala Manuel, “el sector primario es un pilar fundamental para la economía de nuestro país, gracias a ello directa o indirectamente viven muchas familias”.

En muchos pueblos las cooperativas y bodegas son las principales empresas locales y hace que suba la renta per cápita en todo el municipio gracias a ello. Sin olvidar el movimiento económico que eso deja en comercios, hostelería, rutas enológicas, etc.

Además, se corre el riesgo de perder conocimientos agrícolas y tradiciones que solo los mayores conservan.

Manos de persona mayor recogiendo hierbas del suelo del campo

Qué se está haciendo (y qué falta por hacer)

A principios de junio de 2025, el ministro de Agricultura, Luis Planas, anuncia la próxima presentación de una hoja de ruta con iniciativas de distinta índole para favorecer la incorporación de jóvenes a la actividad agraria. El plan incluiría medidas para mejorar acceso a la tierra, financiación, formación, simplificación de ayudas, modernización del sector, etc. 

El anuncio de ésta es un paso positivo, pero por ahora ficticio y a vista de tener fecha para su implementación. El sector primario no sólo se siente muy abandonado, sino que en lo que va de año se siente desbastado de promesas que no llegan y de sus múltiples intentos en manifestaciones y tractoradas de ser vistos, reconocidos y escuchados sin mucho éxito.

Estaremos pendientes del documento público detallado, por lo que será clave que las promesas se traduzcan en acciones efectivas que realmente faciliten el relevo generacional en el sector y tenga el redito que se merece.

Conclusión: el futuro del campo 

La mejor forma de entender el periodo actual y la problemática del campo es escuchando testimonios de los jóvenes agricultores. Quienes continúan la tradición familiar, conversan, reciben consejos de los mayores y se enfrentan a los problemas actuales.

Manuel describe los valores que ha heredado de su padre, abuelos y entorno como:

“honradez, el sentimiento del emprendedor y a la vez conservador. El no malgastar y tener muy presente que debes forjarte un futuro no sólo para ti, sino teniendo en cuenta generaciones venideras”

Pero continuar con esta herencia, no es sólo trabajar de sol a sol, implica cambios que dificultan su actividad y el relevo: burocracia compleja, altos costes de gestión, dificultad de acceso a la tierra, mercados exigentes y tecnología cada vez más cara.

Superar estos problemas es clave para garantizar que el campo pueda traspasarse de generación en generación, manteniendo tanto la actividad económica como los valores y el legado que los mayores han sostenido durante décadas.

Mientras tanto, ¿Qué puedes aportar tú? :

España es una superpotencia agrícola gracias a la combinación única de climas, suelos, tradición, innovación y diversidad regional.
Desde plátanos canarios hasta naranjas valencianas, desde aceite andaluz hasta cerezas extremeñas, nuestra variedad no tiene comparación en Europa.

Esta diversidad nos da alimentos increíbles, pero detrás de cada uno hay agricultores que luchan por seguir adelante. Entre todos con pequeños gestos podemos hacer que mejoren sus condiciones, la calidad de los productos que consumimos, proteger nuestros negocios locales, nuestra esencia de cada lugar y su tradición. ¿Cómo?

  • Comprando producto local: Es la forma más directa y eficaz de apoyar al agricultor, se reducen intermediarios, es más sostenible y tiene un impacto positivo en tu salud: productos más frescos, menos químicos, más vitaminas, más valor del producto, etc.

Agricultores de productos locales de Canarias vendiendo su producto de proximidad

  • Elegir productos con sello de calidad español: IGP (Indicación Geográfica Protegida), DOP (Denominación de Origen Protegida) Producción integrada, Ecológico certificado.
  • Apoyar cooperativas y pequeñas exportaciones: Se reparte mejor el beneficio, se protege el empleo rural, se impulsa la economía local.
  • Comprar directamente al agricultor: si no vives cerca en internet hay opciones de cajas de verduras semanales, que te dan la posibilidad de llevar producto canario de calidad a tu mesa, aceite directamente de cooperativa o naranjas de Valencia mandadas por el agricultor.
  • Turismo responsable: Sostiene pueblos, ayuda a fijar población y da ingresos extra a familias agricultoras: Alojándote en casas rurales gestionadas por gente del pueblo, contratando actividades agrarias (visitas a viñedos, almazaras, rutas de productos locales…), comprando artesanía y productos de proximidad.

Puesto de productos locales de almendras y frutos secos

En conclusión

La agricultura ha sido el latido silencioso que sostuvo a España durante generaciones. Hoy, sin embargo, ese corazón envejece y nos necesita. Los pueblos se vacían, las manos jóvenes escasean y el futuro del campo amenaza con diluirse si no actuamos a tiempo. Pero aún queda esperanza, porque cada agricultor que resiste, cada familia que cuida sus viñas o su huerto, cada joven que decide quedarse simboliza que la tradición puede convivir con la modernidad.

La huerta española, esa mezcla única de climas, suelos y biodiversidad, sigue siendo un tesoro que nos alimenta y nos identifica. Cuidarla no es solo una responsabilidad, es también un acto de gratitud hacia quienes han dedicado su vida a ella. Y cada pequeño gesto cuenta: elegir producto local, apoyar cooperativas, conocer a quienes cultivan lo que comemos.

Quizá el futuro del campo no dependerá solo de grandes reformas, sino de recuperar algo tan sencillo como mirar a la tierra con respeto y reconocer su valor. Porque, al final, todos llevamos guardado un recuerdo que huele a verano, a campo y a hogar. Y preservarlo es, en el fondo, preservar una parte de lo que somos.

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