Día internacional de las personas con discapacidad: ¿Y si fueras tú?

Suena el despertador. El reloj marca las 8:00h. Te intentas incorporar para levantarte pero no puedes. Otro intento más y nada. Y otro y otro. Un sentimiento de angustia comienza a invadirte. De repente, una persona aparece por la puerta y con expresión de amabilidad te dice: “Es hora de levantarse”. Te agarra del tronco con cuidado y te traspasa a una silla de ruedas. Comienza, en ese momento, el primer día de tu nueva vida.

En la intimidad del aseo, la compañía se convierte en necesaria. Acostumbrarse a ello parece difícil, pero será obligatorio.

El desayuno te espera en la mesa. Tiene todo una estupenda pinta pero el café con leche no está tan caliente como siempre lo tomas. Con más esfuerzo del habitual coges la taza para llevarla al microondas. Pero, en el primer intento para moverte te das cuenta de que si llevas algo en la mano, no puedes impulsar las ruedas de tu silla. Además, tampoco llegarías a los botones del microondas. Tu cuidador lo hace por ti, igual que muchas cosas de aquí en adelante.

La mañana transcurre en el salón de tu casa. Leer un libro, ver un programa de actualidad o mirar por la ventana parecen las únicas opciones para pasar el tiempo. Te alegras al ver que tu cuidador ha preparado otras actividades de entretenimiento que consiguen que las horas no parezcan más de 60 minutos.

Es la hora de comer. Hay un nuevo componente al lado del plato: medicación. Esas pastillas te acompañarán de forma perpetua.

Al finalizar la comida, quisieras recoger la mesa como ordinariamente hacías, pero hoy se hace demasiado complicado y es el cuidador el que, de nuevo, se encarga de las tareas.

El sofá te acoge para hacer la siesta. El cansancio es más emocional que físico. Cierras los ojos mientras escuchas de fondo la televisión y los ruidos que componen la calle, deseando, al mismo tiempo, que cuando despiertes todo haya vuelto a la normalidad en la que tan a gusto te desenvolvías.

A mitad de la tarde, el cuidador te prepara para ir a dar un paseo. Bajáis por el ascensor y antes de salir a la calle te topas con una nueva dificultad a la que nunca habías dado mayor importancia que su simple presencia: las escaleras del rellano. Al cuidador no parecen sorprenderle y con firmeza agarra la silla para bajar con cuidado los peldaños.

Mientras paseáis, descubres que tu atención ha pasado de enfocarse en los escaparates, las cafeterías, los vecinos o la nueva decoración de la calle, a centrarse en los bordillos, en los huecos entre las mesas de esas cafeterías que antes mirabas o en un paso de cebra que parece haberse alargado.

El paseo llega a su fin. Al llegar al rellano, mismo esfuerzo. Superado esto, ya estás en casa. El cuidador te ayuda a quitarte el abrigo pero esta vez dices que quieres hacerlo tú. Por primera vez en todo el día dejas de lado la comprensible pasividad que has manifestado y te decides a intentar hacer las acciones hasta ahora mecánicas y desde hoy complejas que siempre has hecho.

Tras cenar y charlar con quien ha cuidado de ti durante este día, este te prepara para ir a dormir y aunque un sinnúmero de pensamientos se acumulan en tu interior, finalmente consigues dormirte.

Antes de que el despertador suene, te despiertas pensando en el día de ayer y te inunda la misma sensación que hace exactamente 24 horas. Pero, en esta segunda nueva mañana no te dejas derribar por ella y, en lugar de perderte en el desasosiego, tu mente calcula las barreras que ayer descubriste y que hoy tienes la oportunidad de vencer. En las siguientes horas te demostrarás que no hay ninguna imposible de superar.

En Aiudo creemos que las personas sacamos nuestra mejor versión no solo cuando ayudamos a los demás, sino cuando nos dejamos ayudar.

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