Mi padre no quiere ir a una residencia

Esta frase es dicha cada día por cada vez más personas. Es posible que ya la hayas escuchado varias veces o puede, incluso, que tú mismo la hayas pronunciado. Tras ella se esconde una nueva realidad desconocida y una compleja decisión.

Decir esta frase significa que tras comprobar que tu familiar no puede proporcionarse él mismo los cuidados que necesita, has pensado en la residencia como la solución. Pero, ¿te has detenido a reflexionar por qué te has decantado enseguida por esta opción?

Puede que sea porque has pensado en las virtudes que deben de tener. Pero ¿has meditado si estas virtudes las poseen también otras alternativas a la residencia, siendo estas, además, de más agrado para tu familiar?

Los cuidados en casa

Es posible que hayas pensado que en una residencia los cuidados que reciba tu familiar serán más cualificados, pero los cuidadores domésticos son profesionales. Dominan tanto habilidades físicas como emocionales y poseen una experiencia contrastada.

La alimentación es esencial para una buena salud. Pese a que la comida que se sirve en la residencia está orientada a que sea una dieta equilibrada, hay muchas ocasiones en las que el menú no es del gusto de nuestro familiar y prefiere, directamente, no comerlo. Por no mencionar los dudosos menús en ciertas residencias… El cuidador doméstico prepara un menú que, además de ser saludable, es personalizado, consiguiendo así evitar que la comida sea vista como un conflicto más contra el que luchar.

Si nuestro familiar ha sufrido un accidente o una intervención quirúrgica y necesita atención médica permanente de manera eventual, existen las residencias temporales en las que está supervisado por un equipo médico hasta que se recupere. Una vez lo esté, en casa el cuidador le proporcionará, porque está capacitado para ello, los cuidados que el médico le haya pautado (curas, medicación, ejercicios de movilidad…). Con la vuelta al hogar, nuestro familiar se sentirá motivado para seguir avanzando en su recuperación.

Quizá puedas pensar que en una residencia tu familiar va a socializar más, pero vivir en el hogar no significa aislarse en él. Al contrario, significa no alejarse de su entorno, de sus amigos, de sus vecinos, de su barrio. Significa poder seguir haciendo, gracias al cuidador, las actividades y rutina que siempre ha hecho y gracias a ello, seguir relacionándose con quienes tantos momentos ha compartido.

Gracias a su profesionalidad y experiencia, el cuidador es capaz de hacer de sus cuidados una herramienta para que la persona mayor se sienta activa y autónoma. Cada tarea que el cuidador realiza en el hogar sabe convertirla en una actividad en la que puede participar la persona a la que cuida. Asimismo, el cuidador prepara ejercicios y talleres personalizados para las necesidades físicas y cognitivas específicas de tu familiar. Gracias a ello, mantendrá permanentemente la mente activa y luchará así contra la demencia, una de las patologías que más afectan a las personas mayores.

 

Además, las referencias de los cuidadores están contrastadas por un equipo de profesionales que analizan y valoran el trabajo que el cuidador ha realizado en otros hogares.

Y si estas virtudes anteriores son esenciales, hay una que todavía lo es más: la voluntad de nuestro familiar. Solo es necesaria una conversación de unos minutos para descubrir sus deseos y miedos. Así que, dediquémosle esa conversación que espera y hagamos que se sienta atendido y valorado y por encima de todo ello, comprendido. Esto solo será posible si está en el lugar en el que siempre imaginó y deseó estar. En Aiudo trabajamos para conseguirlo.

En Aiudo creemos que las personas sacamos nuestra mejor versión no solo cuando ayudamos a los demás, sino cuando nos dejamos ayudar.

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