Esculpiendo la historia: El arte de una nonagenaria como testigo del tiempo

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Thaïs Soria

Por: Thaïs Soria

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¿Cultivar una pasión puede alargar la vida de una persona? Arlette Roldes, afamada artista de 99 años, nos revela a través de su historia cómo el arte fue un medio para la liberación y expresión del alma en plena represión de la II Guerra Mundial. 

La artista de 99 años, Arlette Roldes, nos recibe en su chalet de la localidad alicantina de Benissa. Se trata de una gran casa de campo en la que se respira una paz y tranquilidad que sólo son interrumpidas por el ladrido de algún perro a lo lejos. Cuando nos adentramos en el interior de la casa rápidamente disipamos cualquier duda que pudiéramos tener sobre si en aquel lugar verdaderamente vivía una artista. Las paredes se encuentran repletas de cuadros y un sinfín de esculturas se amontonan sobre los muebles. 

Este particular horror vacui nos sumerge en una atmósfera distinta a lo que conocemos y la bohemia del lugar nos ayuda a entrar en situación y sumergirnos de lleno en el testimonio de esta mujer fascinante, que habla de manera apasionada, con una claridad que no esperábamos encontrar en una persona cuasi centenaria.

Perseguir un sueño en tiempos de guerra

Arlette nace en Francia, concretamente en la localidad de Clairac, en el año 1924. En plenos ‘felices años 20’, la vida parecía transcurrir sencilla y apacible en un pueblo del sur de Francia y en el seno de una familia de clase media acomodada. Como ella misma nos cuenta, en su casa siempre se escuchaban risas. La relación que tenía con sus padres y con su hermana era muy buena, y la apacibilidad sólo se veía puntualmente interrumpida por las excentricidades de Arlette, que no siempre eran entendidas.

“Mi madre me consideraba una niña excesivamente peculiar. Mi comportamiento no era el esperado de una ‘señorita’ en aquella época. Me metía en peleas físicas con los chicos y me gustaba retarlos en carreras de velocidad. Odiaba todo lo que tenía que ver con la debilidad que se asociaba a las mujeres”.

Este gusto por lo diferente, por no encajar en los cánones establecidos por una sociedad crítica con quienes se salían de los márgenes impuestos, se materializó también en su interés por las artes plásticas, de hecho, tan grande era esta fascinación por el arte, que Arlette deseaba estudiar cerámica en París, no obstante, la guerra tenía otros planes para ella.

En el año 1940 las tropas de Hitler entraron en Francia como parte de su estrategia para expandir el Tercer Reich y asegurar la supremacía alemana en Europa. La joven Arlette de 16 años se enteró de la nueva situación por la que estaba pasando su país de una manera traumática.

Detalle de dos soldados alemanes portando rifles
Dos soldados alemanes portando rifles en las manos durante la Segunda Guerra Mundial.

“Los alemanes empezaron a llegar a todas las ciudades. Marchaban en fila, a paso militar, con la mirada fría e impasible. La verdad es que no parecían humanos. El miedo fue apoderándose de todos nosotros y los nazis se encargaron de dejarnos muy claro quiénes mandaban: personas ahorcadas colgadas de postes de la luz, deportaciones a campos de trabajo, persecución de judíos… Aquello era el infierno. Nuestra vida cambió para siempre a partir de aquel momento”.

Su sueño de estudiar cerámica en París se vio totalmente truncado por la peligrosidad que suponía marchar a la capital en una situación tan hostil como aquella. En esos momentos, la prioridad era sobrevivir y hacer frente al hambre y la miseria que llegó a las ciudades.

“Quienes vivían en el campo y tenían animales o un huerto eran muy afortunados. La escasez de alimentos durante la guerra era terrible. Esto provocó una situación de histeria colectiva que contribuyó a sacar el lado más salvaje de todos nosotros. Robos, falsas acusaciones, chivatazos… No podías fiarte de nadie. La gente muestra una cara muy distinta en una situación tan extrema”.

Fotografía antigua de una chica joven montando en bicicleta
Arlette a los 16 años montando en bicicleta.

A pesar de ser una adolescente, Arlette tuvo que comenzar a trabajar ayudando en la zapatería de su padre pues, si no lo hacía, los alemanes se la hubiesen llevado a campos de trabajo, de los que se sabía que nadie regresaba, como fue el caso de Roland, un joven que se había criado en el seno de la familia de Arlette y al que querían como un miembro más. Nuestra artista nos cuenta con pesar que un día los alemanes lo aprisionaron y se lo llevaron en contra de su voluntad.

Roland era como mi hermano; todos los queríamos muchísimo. De la noche a la mañana los alemanes se lo llevaron y nunca más regresó.

¿Tiene cabida el arte en un campo de concentración?

Casualmente, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial coincidía con el final de la Guerra Civil Española. El triunfo del general Francisco Franco implicó la huida de miles de españoles republicanos que se vieron obligados a exiliarse, siendo el país galo uno de los destinos más socorridos por cuestiones de cercanía territorial. 

La joven Arlette, de convicciones anarquistas, comenzó a ayudar a los españoles que llegaban a Francia y que acababan hacinados en campos de concentración de refugiados. Arlette les ayudaba a ponerse en contacto con sus familias y favorecía su salida de aquellos sitios, en los que las condiciones infrahumanas, las enfermedades y la desnutrición conseguían acabar con la vida de muchos hombres. Esta labor la llevaba a cabo en la población de Septfonds, localidad en la que encontraba su familia materna y donde, desde que había finalizado la guerra civil española, habían instalado un gran campo de concentración.

Arlette había aprendido algo de español ayudando a los refugiados que llegaban a Francia. Uno de estos hombres era el valenciano Salvador Soria quien, años después, acabaría convirtiéndose en uno de los artistas valencianos más afamados y relevantes de la escena artística de los años 50, 60 y 70, además de creador y miembro del Grupo Parpalló y académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos. 

Salvador había sido capitán de ingenieros del ejército republicano y llevaba 3 años de su vida recluido en aquel campo de concentración de Septfonds, donde muchos compañeros de batalla habían acabado muriendo o perdiendo la cordura. Salvador se encontraba en un estado físico deplorable, pesaba tan solo 38 kg, pero todavía tenía suerte de haber sorteado el escorbuto. Sus habilidades pictóricas le habían permitido conseguir una autorización para decorar las paredes interiores del ayuntamiento de la localidad y, gracias a esto, gozaba de algo más de libertad.

Imagen antigua de refugiados españoles en el campo de concentración de Jules de Septfonds
Campo de concentración de Jules de Septfonds. Imagen obtenida del medio ‘infoLibre’.

Y así fue como Arlette y Salvador se conocieron. Aquella muchacha que rondaba ese sórdido lugar cautivó al joven español y pronto comenzaron una relación que prosiguió por carta durante varios años, hasta que Salvador consiguió salir del campo de concentración. 

Arlette Roldes dibujada a carboncillo por Salvador Soria
Arlette retratada por Salvador Soria. Carboncillo sobre papel.

Cuando, tras 6 años de martirio, Salvador recuperó su libertad, los jóvenes se casaron y comenzaron a vivir la verdadera ‘vida bohemia’ de los artistas. Se juntaron con toda la escena artística de la Francia del momento. Sus amigos eran pintores, escritores, músicos, poetas, escultores… Eran tiempos en los que el hambre apremiaba, pero aquellos jóvenes hubiesen dado su último alimento a cambio de un pincel o unos folios sobre los que escribir.

“Aquello verdaderamente era amor por el arte. No nos interesaba el dinero, ni la fama, ni tampoco el reconocimiento. La situación era terrible, pero por lo menos podíamos reunirnos y hablar sobre todos estos temas que nos apasionaban. Creo que hoy en día se ha perdido eso. La mayoría de los artistas crean con una pretensión meramente comercial.”

Fue de este modo que Arlette pudo adentrarse de lleno en el mundo del arte. Su marido fue labrándose un nombre y, como ella bien afirma, le resultaba apasionante ser testigo de todo este proceso. 

Tiempos difíciles para las mujeres artistas

Pasaron los años y la guerra terminó. La carrera artística de Salvador fue creciendo sin parar, pero Arlette no tuvo la oportunidad de desarrollarse del mismo modo. Se quedó embarazada al poco tiempo de casarse y se volcó de lleno en su maternidad. Como mujer, Arlette se dedicaba a las tareas que, por cuestiones de género, le quedaban relegadas en aquella época: el cuidado de la casa y los niños. 

Resulta curioso cómo la presión social es capaz de moldear a cualquier persona. ¿Qué había sido de aquella niña rebelde que entendía el mundo de un modo distinto a la mayoría? ¿Cómo había puesto su voluntad al servicio de una sociedad en la cual las mujeres apenas tenían voz? Arlette nos cuenta que nunca dejó de ser diferente a pesar de haber asumido el rol de mujer cuidadora.

Fotografía antigua de un matrimonio. Escena costumbrista donde la mujer cose y el hombre permanece de pie por detrás
Arlette cosiendo, en una escena costumbrista junto a Salvador Soria.

“Mi marido no tardó en darse cuenta de que yo no era una persona… No quisiera utilizar la palabra ‘normal’, pero de algún modo es así. Quizás eso fue lo que le llamó la atención de mí. Los dos éramos artistas. Y entre artistas encontramos un punto de entendimiento especial”.

Fotografía antigua en la que aparecen 9 personas de pie bien vestidas, posando ante la cámara
Salvador y Arlette (derecha) junto al cónsul de Argentina, su mujer y otras personalidades.

Cuando la familia se trasladó a Valencia, después de haber pasado varios años en Francia y luego en Madrid, Arlette abrió un próspero negocio de peluquería y esteticién. 

Fotografía antigua en la que aparecen 4 personas: los artistas Salvador Soria y Arlette Roldes, y el periodista Juan Portolés junto a su mujer
Salvador y Arlette (derecha) junto al periodista Juan Portolés y su mujer.

“No quería quedarme toda la vida metida en casa. Necesitaba hacer otras cosas. Mi marido me apoyó en la idea de montar una peluquería diferente a lo que había en aquella época. Fui la primera mujer en vestir con pantalones en Valencia y eso causó bastante revuelo… Me gustaba crear controversia y agitar un poco los prejuicios de la gente. Mi negocio lo enfoqué a una clase media-alta que buscaba otro tipo de experiencia. Y lo cierto es que tuve bastante éxito”.

A pesar de enfocarse en el negocio, Arlette también empezó a experimentar con algunos trabajos manuales: tapices, pequeños dibujos, pinturas y algo de escultura. Desde un principio demostró gran proeza técnica y, sobre todo, un enorme potencial creativo.

Escultura en la que se ha representado una escena romántica entre dos amantes
Escena romántica. Escultura realizada por Arlette en gres cocido a 1.280º.

“Me volqué de lleno en la carrera artística de mi marido.Yo no tenía ningunas pretensiones cuando empecé a crear. Simplemente lo hice porque algo dentro de mí me lo pedía a gritos. Si ya desde pequeña me llamaba la atención todo ese mundo, a raíz de casarme con Salvador este interés no dejó de crecer.”

Años después, los Soria se trasladaron a la población alicantina de Benissa, concretamente a una gran casa de campo apartada, en la que hoy nos recibe Arlette, pues Salvador consideraba que necesitaba soledad y desconexión para poder centrarse en su arte. A partir de este momento, la producción de Arlette fue aumentando, muy influida por el medio en el que se encontraba.

Arlette Roldes, a los 99 años, pintando un cuadro
Arlette a los 99 años en su estudio de Benissa.

“Esta paz que tenemos aquí me ha resultado inspiradora. Es más fácil crear y centrarte en el arte cuando no tienes demasiadas distracciones. Ahora, a mi edad, reconozco que vivir aquí es poco práctico, pero también sé que difícilmente concebiría la vida en otro sitio. Aquí me siento libre.”

Comprendiendo el mundo entre óleos y tornos

Arlette comenzó representando en sus pinturas escenas costumbristas y familiares, donde exploraba el rol de la mujer en la sociedad de la época. Eran escenas llenas de paz y tranquilidad, que se desarrollaban en espacios idílicos. En escultura, exploraba también el cuerpo femenino en distintas posiciones, destacando los escorzos pronunciados. A veces recreaba escenas románticas y, otras, maternidades. Sin embargo, a partir de cierto momento, cuando la artista ya entró en la vejez, paradójicamente su interés dio un giro radical. Las temáticas naïf cambiaron por otras mucho más crudas, por lo que en sus pinturas comenzó a representar violaciones, conflictos sociales, hambrunas, robos, sufrimiento, etc.

Pintura de una escena costumbrista de baño. Técnica mixta sobre lienzo de Arlette Roldes
Escena costumbrista de baño. Técnica mixta sobre lienzo.

“Creo que durante una época de mi vida representé un mundo ficticio porque algo dentro de mí rechazaba todo aquello que había vivido durante la guerra. Recreaba espacios imaginarios donde reinaba la paz. Es curioso que, a medida que vas envejeciendo, los recuerdos traumáticos de juventud parecen aflorar con más fuerza que nunca, y llegó el día en el que comprendí que el mundo no es tan bonito como lo estaba pintando. Yo había vivido verdaderos horrores durante mi juventud y quería plasmar algo de toda esa angustia que se había quedado dentro de mí. Expresarme me ayudaba a sanar”.

Mediorrelieve que representa prisioneros en un campo de concentración
Altorrelieve en el que Arlette ha representado a prisioneros en un campo de concentración. Gres cocido a 1.280º.

Sin duda, en las guerras se viven situaciones míseras y hostiles que quedan grabadas por siempre en la memoria de quienes las presenciaron. No es de extrañar que el cerebro elabore un mecanismo de defensa contra todos esos recuerdos perturbadores, pero en algún momento todo eso ha de salir. Y es ahí cuando nos encontramos de nuevo con una parte de nosotros mismos que creíamos tener dormida; apagada. Como bien afirmaba Pablo Neruda: “Algún día, en cualquier parte, en cualquier lugar, indefectiblemente te encontrarás a ti mismo, y ésa, sólo ésa, puede ser la más feliz o la más amarga de tus horas.

Envejecer activamente como ‘secreto’ para tener una vida longeva

Arlette nos afirma que es el arte lo que la mantiene viva. Es su vida, su medio de evasión, y no contempla la vida sin este modo de expresión. Nos cuenta que cuando pinta o esculpe se le quitan todos los dolores con los que lidia día a día por su avanzada edad. También se le olvidan los problemas y cualquier pena que pueda tener en ese momento.

Arlette Roldes en su estudio de Benissa
Arlette Roldes en su casa de Benissa, sujetando uno de sus dibujos

“Ya tengo 99 años. Podemos afirmar que ya todo lo que tenía que hacer en esta vida lo tengo hecho. ¿Qué me queda a mi edad? Las fuerzas no me acompañan y la salud cada vez se ve más resentida. Mi marido falleció hace años y mis hijos y nietos ya tienen sus vidas resueltas. Lo que verdaderamente me sigue manteniendo en este mundo es el arte.”

La artista considera que cultivar una pasión y mantenerla prolongadamente en el tiempo llena el espíritu. Sin duda alguna, envejecer activamente supone un cambio de paradigma.

“Nunca me he quedado quieta en mi vida. Siempre he trabajado mucho y me he mantenido muy activa. Además, entre mis aficiones no sólo se encuentra el arte, aunque sin duda esta ha sido la más fuerte. También me ha encantado ocuparme del campo, el ejercicio físico, nadar, cocinar, los animales… Comencé a sentirme vieja cuando cumplí 90 años y, sobre todo, a raíz de una fractura de cadera que tuve hace unos años. Antes de eso, yo era joven. Y en parte quizás lo siga siendo, porque creo que la edad es más algo mental que físico.”

Aunque Arlette nunca ha buscado tener un nombre en el mundo del arte, ha expuesto en varios sitios de la Comunidad Valenciana e incluso en Málaga y Madrid. Su creatividad y destreza han sido reconocidas y alabadas por quienes han tenido el placer de conocer sus obras y entender lo que las contextualiza. Su última exposición la realizó en el año 2020, justo antes de que comenzara la pandemia de la Covid-19, a la edad de 96 años.

“Ya no tengo la intención ni las fuerzas de volver a exponer. Ha sido reconfortante ver que a lo largo de los años la gente ha apreciado mi trabajo, pero a mi edad prefiero crear sólo para mí. Mi arte y yo siempre hemos sido uno y no nos hace falta nadie más”.

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